miércoles, noviembre 08, 2006

Corrupción y Especulación

La corrupción parece ser consecuencia de muchos factores. Entre ellos se encuentra la tan imprecisa pero comúnmente aludida “naturaleza humana”. Si fuéramos sociólogos, sicólogos o quién sabe qué otra clase de “ólogos” podríamos debatir al respecto, analizar las cusas y los factores que la incentivan y desalientan y elaborar teorías proyectando escenarios que tiendan a controlar y disminuir paulatinamente sus efectos apuntando directamente a las causas. Lamentablemente ni lo somos ni tenemos el tiempo necesario para seguir este camino, por lo tanto a este asunto tendremos que buscarle soluciones donde la creatividad y practicidad implementativa nos permitan alcanzar al menos ciertos niveles primarios de lucha y control.

La especulación, por su parte, ni siquiera es considerada un delito. Muchas veces se la ve solamente como una mala actitud. Se la intuye derivada del extremizar nuestros instintos egoístas si se cuenta con los medios y el posicionamiento adecuado para sacar provecho de ello. Sus réditos son confundidos con aptitud e interpretados muchas veces como un indicador de esfuerzo empresarial sobresaliente. Generalmente sus frutos nos son mostrados como indicadores de perseverancia y aptitud emprendedora. Pero esta cuasi-suicida consideración hacia los especuladores y la minimización de lo que la especulación en sí misma provoca ha forjado los grandes lineamientos de injusticia social, explotación e inequidad distributiva que tanto caracterizan a nuestra realidad socio-económica. Es la especulación la madre de los paradigmas de escasez productiva y monetaria, los cuales son a su vez instrumentos que además de perpetuar las actuales relaciones de poder y dominación son culpables directos de tanta miseria y sufrimiento desparramado por el mundo.

“… pero el mundo es como es ….” –nos dicen con insistencia hasta que terminamos por aceptarlo y creerlo razonable. Muchas veces hemos escuchado decir, o hemos afirmado, que nuestra “humanidad” requiere, para encausarnos hacia un futuro mejor, de una mayor conciencia individual y colectiva, así como de un cambio drástico de mentalidad que nos llene de solidaridad y empatía para con el prójimo. Desafortunadamente los pragmáticos nos tememos que los cambios implícitos en tales requerimientos podrán ser a lo sumo una consecuencia y no una causa de los avances socio-económicos que la humanidad espera y merece. Si pretendemos entonces ver tales avances antes de que el Sol se apague tendremos necesariamente que disparar el cambio social desde las condiciones actuales, esperando que una sociedad más justa e igualitaria arroje como consecuencia un enriquecimiento del ser humano en sí mismo, pero no a la inversa.

Los humanos no esperamos a que procesos evolutivos nos diera alas antes de intentar, reiteradas veces, volar de una u otra forma. Si así fuera aún no nos hubiéramos despegado del piso. La tecnología no cambia las leyes naturales, nos ayuda a sobrellevarlas y nos da herramientas que, al menos en forma transitoria y rudimentaria nos permiten salirnos con la nuestra a pesar de ellas. No me cabe duda de que en lo social también podremos, de una u otra forma, encontrar los caminos que nos permitan contrarrestar los efectos de nuestras limitaciones y deficiencias al menos en la medida mínima que un desarrollo humano sostenido pueda requerir. Pero para ello primero tenemos que buscar dichos caminos sin descartar de antemano nuevas perspectivas aunque parezcan contrarias a las actuales visiones que podamos tener del mundo que nos rodea. Recordemos que la Tierra no siempre fue redonda en el saber popular y que las nuevas ideas, las verdaderamente revolucionarias, casi siempre han tenido que enfrentarse a una muralla impenetrable de costumbres e intereses personales y grupales.

Así que antes que nuestra mente nos lleve por los caminos tradicionales del “es muy difícil”, “no vale la pena”, “poco hay para ganar” y tantos otros, recordemos que el informe sobre desarrollo humano 2005 del programa de la naciones unidas para el desarrollo, nos muestra en su antesala una realidad imposible de ignorar: Cada hora mueren 1200 niños por causas en su mayoría vinculadas directa o indirectamente con la pobreza. El informe hace una poderosa representación gráfica, imposible de olvidar, al comparar esta cifra con las víctimas del tsunami ocurrido en Asia a principios del 2005. Nos hace notar que tres tsunamis al mes, mes a mes, año a año, golpean a una gran porción de la población más débil y desprotegida de la humanidad: los niños. Pensemos dos veces entonces antes de anteponer excusas insensatas que llamen a la inacción y recordemos que la búsqueda de un mundo más justo no tiene por qué ser ni parecer sencilla, solamente posible.